Un día en el amazonas (IX) La Isla sobre un bote

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La lancha que lleva un médico cubano, pacientes y medicinas al pueblo de Maroa, en la selva amazónica venezolana. Parado al centro, el motorista Gerardino, cuyo hijo fue operado en Cuba.
La lancha que lleva un médico cubano, pacientes y medicinas al pueblo de Maroa, en la selva amazónica venezolana. Parado al centro, el motorista Gerardino, cuyo hijo fue operado en Cuba.

MAROA, Venezuela.- El accidente de la lancha contra la piedra sumergida, más que el susto, fue una clase magistral sobre determinación.

Basta mirar el cauce anchísimo del río Negro y el tono cerradamente oscuro de sus aguas, para entender que es un acto valiente lanzarse al caudal sin cortapisas.

A puras brazadas Niky, el hacendoso radiólogo tunero, alcanzó el tapón de madera. Con la misma rapidez nadó contra la corriente para devolverlo al motorista y frenar, por fin, el manantial en la popa del bote.

“Menos mal”, sentenció el piloto a modo de consuelo; un suspiro que dijo suficiente de las consecuencias si el muchacho no se hubiera lanzado tras el taco. Empapado en sus ropas y zapatos, Nicdael todavía resoplaba el esfuerzo.

Por unos 15 minutos la embarcación, con la carga de medicinas y personas a salvo, retrocedió a la deriva en la corriente. El motor no arrancaba, mientras su dueño, notablemente preocupado, desarmaba la cubierta en procura del fallo, miraba al cielo calculando la hora, y a intervalos profería un quejido leve por la herida en su pierna, al impacto del equipo.

Casi a la altura del punto de partida, la máquina Yamaha de 40 caballos de fuerza, reaccionó al encendido y permitió, para alivio de los tripulantes, reiniciar la ruta de Río Negro a Maroa, el más intrincado de los municipios de la selva amazónica venezolana, donde también hay cubanos.

Con cuatro horas de navegación por delante la noche era inevitable, y solo la pericia del pescador podría evadir los riesgos siguientes.

“Río arriba el caudal siempre es menor y las piedras son más. Las peligrosas no son las que se ven, sino las que tienen las puntas escondidas en el agua, a poca profundidad. Si miran bien, hay pequeños remolinos que marcan el lugar y puedes esquivar, pero de noche eso no se ve.”

El motorista se llama Gerardino y su piel curtida por el sol cuenta que ha echado la vida como pescador en estas aguas.

“Me voy por varios días a los caños, a buscar el kulirri (bagre rayado), el bocachico, el pavón y el laulao. Conozco esto con los ojos cerrados, pero la sequía es fuerte y bajó mucho el nivel. Este paisaje de piedras y playas se ve poco y hace más peligrosa la navegación.”

Es una maravilla natural lo que se observa en medio de la corriente y en sus márgenes, las dos: a la derecha Venezuela, a la izquierda Colombia.

De cada lado hay caseríos de estilos distintos dentro del indigenismo, pero en ambos la vegetación se eleva con igual presencia verde, haciendo concesiones de espacio solo para las playas de arenas blanquísimas.

Si el cielo está azul, el torrente lo es. Si se nubla, el agua es gris. Lo negro es un azogue que convierte al río en un espejo impecable.

“La corriente del Negro -dice Gerardino- tiene mucha fuerza, aunque arriba parece un cristal. Por eso puedo ver los remolinos y esquivar las rocas escondidas”, alega con cierto tono de reivindicación, a raíz del accidente.

Casi al instante tendrá la ocasión de mostrar la habilidad, más allá de las palabras. Tras una curva aparece, de una orilla a la otra, una línea turbulenta de olas encrespadas que anuncia la presencia de rocas peligrosas. No parece haber atajo, y el radiólogo tunero que todavía se escurre al sol en la proa, aferra los dos puños sobre el borde del barco.

“¡Ay, mamá! Cuando veníamos tuvimos que bajarnos en la orilla y levantar la lancha. ¿Y ahora?”, dirige su mirada al piloto, que con los ojos fijos al frente mantiene la velocidad, decidido sobre el timón: “Tranquilo”.

Gira 90 grados a estribor (la derecha) sin reducir un nudo, y a menos de 10 metros de la orilla corta a la izquierda, en un arco que enfila la nave contra los rápidos. “Es el único lugar posible”, afirma Gerardino sin bajar la mirada, mientras la lancha brinca sobre el oleaje hasta salir a la calma de las aguas nuevamente.

A tres horas de viaje, de paisajes cautivantes y únicos, la noche es inminente, y en poco tiempo ya todo es de un solo color. Lo atractivo es ahora desolador, las formas se reducen a la línea superior de la floresta, y el agua se adivina porque refleja las estrellas.

La selva, de noche y tan apartados, genera tensión, pero la seguridad de Gerardino al timón da cierto alivio. Maneja literalmente con los ojos cerrados, porque nada se ve en lo adelante. Solo se pega un poco a la orilla y mira el dibujo de las copas contra el cielo. Así se orienta.

En tales circunstancias, de peligro, de inédita aventura, crece el orgullo personal por el radiólogo cubano que va en proa cargado de medicinas, y en su nombre exalta a las decenas de colegas coterráneos, valientes de la salud, sembrados por largos meses al servicio de los pueblos de selva.

Hasta entonces, tal parecía que la gloria de la solidaridad cubana solo viajaba en el ejemplo del muchacho; pero el orgullo por la Isla ocupó enseguida todo el bote.

“¿Así que usted es de Bayamo?”, preguntó uno de los dos doctores venezolanos, encargados en Maroa. “Yo me gradué en la facultad de Holguín, y este –señalando al compañero- en la ELAM de La Habana”.

De pronto Cuba ya iba en la mitad delantera de la lancha; en historias de estudiantes agradecidos, de malecón habanero y Romerías de Mayo… hasta que a la vuelta de un recodo apareció una linterna en la distancia.

“Llegamos”, anunció Gerardino, quien al término del viaje dejó su pericia bien sentada. “Ya no sé cuántas veces hice esto con los cubanos.”

-¿Y cuánto cobra por eso?- pregunta de reportero, a riesgo de indiscreción.

– Solo pido el combustible, pero no cobro nada. A mi hijo, que ahora es militar, le operaron gratis sus piernas en La Habana.

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