El precio en fuego de la libertad

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Recreación del incendio de Bayamo, hecho ocurrido el 12 de enero de 1868. La foto es un detalle de un pintura, ubicada en la sede de la Asamblea Municipal del Poder Popular en Bayamo. / Foto: Rafael Martínez Arias.

Dilbert Reyes Rodríguez y Aldo Daniel Naranjo

En su relatividad, el tiempo también es súbdito de las emociones. El mismo intervalo puede ser más corto a veces, o más largo, según padezca el humano en que transcurre.

Carlos Manuel de Céspedes, el Padre, tuvo en su gesta segundos que en la constricción del alma le duraron días.

Tal cual fueron aquellos, quizás, los de la noche entre el 11 y el 12 de enero de 1869. Poco pasó, en tiempo real, desde la noticia de la inminente caída de Bayamo en manos españolas, a la dura decisión que el Presidente debió tomar respecto a la evacuación de la ciudad. Pero en su mente repasó casi tres meses.

Emplazado en una finca al norte, tal vez se preguntaría qué había fallado en la defensa, infalible por tres fechas de combates, luego de los infaustos sucesos de Saladillo el 7 de enero, en que perdieron la vida más de mil de sus soldados inexpertos, barridos por los cañones del sanguinario Segundo Conde de Valmaseda.

Claro, él había dicho a Donato del Mármol que nunca cruzara el río, que la corriente ancha del Cauto no vadeable era su contención natural. Sí, bastante pareja la correlación en cuanto al número de hombres, sobre 3 500 españoles, algo más de 3 000 ellos; pero aquellos eran soldados entrenados y apertrechados, los de acá noveles milicianos con pocas municiones.

Blas de Villate y de la Hera, el conde, el mejor general peninsular en Cuba, con un currículo gordo al servicio de la corona en Filipinas, Marruecos, Santo Domingo, había sido enviado contra Bayamo; símbolo antes y símbolo mayor ahora que los levantiscos del país veían a la ciudad y sus libertadores con éxtasis épico, al punto de nombrar al líder abogado el Washington del Caribe, el Bolívar cubano.

Quizás sonriera Céspedes en su repaso fugaz de aquellos días de libertad inédita, a sabiendas de que no fue solo la toma de un bastión, ese 20 de octubre, cuando le nació también un himno a la patria.

Habían sido 84 fechas de revolución transformadora, de educación gratuita y obligatoria para los niños, de escuelas subvencionadas con los fondos municipales, de crear milicias cívicas, una policía revolucionaria, de la redacción y la impresión de El Cubano Libre que llegó con sus páginas a Alemania, Rusia, Estados Unidos, México…

Es imaginable entonces la gravedad de vuelta al rostro del patriota, al caer otra vez en la cuenta de lo que se perdería con Bayamo. Había sido eficiente la contención, de Gómez en el camino de Santiago, Grave de Peralta sobre la ruta de Holguín, su propio hermano Francisco Javier hacia Manzanillo, el refuerzo de Modesto Díaz a la entrada desde Las Tunas, el general Donato, su mejor agrupación, con el grueso a enfrentar la avanzada en el Cauto.

«No lo debió cruzar, era el acuerdo», habría pensado quizás. Era Valmaseda un viejo lobo. Hizo creer que se desviaba a Holguín. Del Mármol fue a atacarlo en retaguardia, dispersó las tropas en muy grande extensión, debilitándolas; pero el hombre había hecho un lazo de engaño y empujó la contramarcha sobre los mambises en Saladillo, tumba en masa de bravos soldados en ciernes.

Guarda esta etapa páginas de alta gloria militar, que dicen mucho de lo que será el futuro de la guerra, y de sus jefes. Una: la carga a puro machete de trabajo, con que Máximo Gómez aniquiló cerca de Baire a dos compañías enemigas.

Luego el joven capitán mulato de Santiago, plantado ante el ánimo derrotado del coronel Pío Rosado. «Todo es posible», dijo, y partió al mando de un escuadrón de caballería de unos 40, a enfrentar la vanguardia enardecida de Valmaseda. La hizo añicos, correr en desbandada, devolviendo la confianza y el tiempo para reorganizar las defensas. Es de nombre llano y recio el capitán: Antonio Maceo.

Un puñetazo en la mesa, un chasquido de dientes, algún golpe de la bota sobre el piso debió dar el Presidente al saber del segundo engaño de Valmaseda, por días estancado al otro lado del Cauto.

Habrá injuriado al hacendado peninsular que ofreció sus dominios para cruzar las barcazas mientras ardía el señuelo de las hogueras en los campamentos españoles.

Sorprendido Modesto Díaz en Cauto Embarcadero, es la noticia que traen. Corrieron hacia allí varias tropas, la caballería de Maceo, al ruido del combate, pero ya han cruzado dos batallones artillados. Avanzan a la ciudad indetenibles.

Habrían terminado los segundos –como horas- en la cabeza de Céspedes. Hay un concilio de jefes militares y una comisión que llega desde Bayamo.

Joaquín Acosta Fernández, gobernador militar, prende la chispa de la idea del fuego, quemar la ciudad, no dejar nada a Valmaseda. Toma calor la propuesta y miran al Presidente, que se alza y ordena con gravedad: «Consulten al pueblo allí reunido y que sea el pueblo el que decida esa resolución tan violenta, que si se ejecuta, ha de dar timbre y gloria a la patria”.

FLAMA

A las seis de la mañana el 12 de enero, la plaza de Bayamo hervía de pueblo como en los días de la entrada victoriosa.

Enardecido habló Joaquín Acosta, Perucho Figueredo de segundo. Desfilan en los discursos las razones militares, las civiles, la importancia de las llamas para no dejar al enemigo intacta la ciudad, rica en comercios, en propiedades que saquearían, la urgencia de poner al resguardo del monte a las mujeres, los ancianos, los niños, víctimas siempre en la depravación de una horda conducida por un reconocido asesino con galones.

Hay dolor en la plaza, por supuesto. Se escuchan lamentaciones, ayes, esposas de oficiales españoles que quieren comprar en oro el desistir de la idea. Va a perderse una ciudad preciosa, en crecimiento, de unos 900 hogares cambiados de un pestañazo por el hambre y la intemperie, un sacrificio que acepta en mayoría el pueblo bayamés.

No es mito. El general Pedro Manuel Maceo Infante, jefe de sanidad del Ejército Libertador, empuña la primera tea y la recuesta contra su casa, su farmacia, cuna del pequeño Francisco, el hijo, todo un hombre ya, ahora mambí, general de división.

Al decir de la hija Candelaria, su padre Perucho, el poeta del Himno, fue segundo con la antorcha sobre su hogar, y el relato de Nicolás Heredia -luego novelista, un niño todavía al momento del incendio- retrata un pasaje sublime de ese instante cuando, con los ojos de infante de diez años, vio a Donato del Mármol, «en lo alto del techo de su casa, levantando las tejas para prenderle fuego a la madera».

Varios moradores replicaron el conmovedor ejemplo de encender con manos propias sus lares, pero también es verdad que se debieron crear comisiones de quemadores, al mando de Pío Rosado, porque hubo resistencias. Se trataba de los bienes que la gente demoró en acumular a fuerza de trabajo. Además, muchas familias habían partido el día antes rumbo a Holguín, a Manzanillo, a otras fincas en la precordillera de la Sierra Maestra, y había hogares vacíos.

En Asuntos Cubanos, de José María Izaguirre, se da cuenta de que, incluso, hubo quien en la perplejidad recibió algún latigazo, para que reaccionara cuando ya el fuego ardía.

Hasta el 16 de enero no pudo Valmaseda hundir su bota en las cenizas de Bayamo, que aún flameaba. Solo había en pie una por cada diez viviendas.

En la dirección del viento, a la distancia del horizonte, se respiraba el heroísmo de un humo suspendido, y todavía en la noche del 18, sobre un promontorio de la finca Valenzuela, ocho leguas al sur, un hombre, su esposa y una hija se dolían en la imagen del cielo rojo, sobre aquel Faro de Alejandría en el Caribe.

«(…) al verlo mamá dijo: “Parece un gran incendio”, y papá, suspirando, contestó: “En efecto, es un gran incendio; es nuestro querido Bayamo”. Todas empezamos a llorar, pero todas convinimos que era preferible verla pasto de las llamas que en posesión de nuestros enemigos (…)» *

Cuentan que la moza, llamada Candelaria Figueredo -abanderada en la entrada mambisa a la primera ciudad libre- abrazó fuerte a su padre, y al levantar la mirada vio el reflejo de dos incendios más, como cristales, rodando en las mejillas de Perucho.

(*) En Autobiografía, de Candelaria Figueredo.

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