Un día en el Amazonas (X) La llegada a Maroa

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Junto a un familiar agradecido, los cubanos Abel, Alina, Elizabeth, Ileana y Aleannis traen a la vida otro bebé en Maroa
Junto a un familiar agradecido, los cubanos Abel, Alina, Elizabeth, Ileana y Aleannis traen a la vida otro bebé en Maroa

MAROA, Venezuela.- Aunque este poblado de la Amazonía venezolana no es el más distante de la ciudad capital Puerto Ayacucho, actualmente sí es el lugar más intrincado de las seis cabeceras municipales situadas en plena selva.

Un accidente reciente y una pista arenosa que complica el aterrizaje de los aviones pequeños que componen la flota del Grupo Nueve, creada por el Gobierno Bolivariano para cubrir una ruta social gratuita y de asistencia emergente a las comunidades indígenas de la vasta zona; hacen de Maroa el territorio de más difícil acceso, incluidas la entrada y salida de los colaboradores cubanos de la salud.

Para llegar allá debe cubrirse el tramo aéreo más largo sobre la jungla, de Puerto Ayacucho a Río Negro, y desde allí entonces viajar (a la velocidad estándar y sin contratiempos de una lancha con motor de 40 caballos) unas cuatro horas al norte, en contra de la corriente fluvial que por todo el trayecto divide a Venezuela y Colombia.

La expedición que ha permitido narrar estas historias, realizó exactamente el recorrido; aunque con unos cuantos atrasos entre maniobras aéreas de aterrizaje, el choque de la lancha contra una piedra de río, el radiólogo que a nado salvó un bote cargado de medicinas y personas; incidentes que sirvieron para dejar bien claro los riesgos de aventura que corren, sin retractarse, los médicos, enfermeros y técnicos cubanos de la salud, en su empeño de llevar la atención a donde necesite el pueblo venezolano.

Así llegamos en plena noche a Maroa, cargados de distintas emociones y a sabiendas de que en el bote pequeño navegaba Cuba en diferentes maneras: médicos nacionales graduados en la Isla, dos pacientes curados por galenos antillanos, y un timonel que solo al final del viaje habló de la gratuidad de su servicio “porque a mi hijo le operaron sus piernas en La Habana”.

Por la hora y por los varios episodios de valentía, incondicionalidad y gratitud vividos durante el día, no parecía que hubiera para más aquella jornada, cuando por fin tres luces de linterna indicaron al lanchero el punto exacto de atraque en un poblado completamente a oscuras.

“Desde diciembre en este pueblo no hay luz”, dijo un muchacho que por la voz y la silueta de su fisonomía, se anunciaba joven.

Fue el primero en acercarse a la borda y empezar a desmontar la carga de medicinas y el balón de gas para la cocina. “Excelente. Ya lo que queda es nada. Pensé que volveríamos al monte a buscar leña”.

El estibador se llama Abel Pérez, de XX años, y por más de un año ha estado emplazado en el asentamiento ribereño, al frente de unos 15 colegas tan bisoños como él, que en sus conocimientos y práctica cotidiana, mantienen la vitalidad asistencial del Centro de Diagnóstico Integral (CDI) que atiende el casco principal y una amplia región de comunidades indígenas dispersas.

Los destellos de las linternas y las voces que fueron incorporándose a la microoperación portuaria, descubrieron que el grupo entero había venido al muelle. “Esto siempre es un acontecimiento: recibir a alguno de los nuestros y ayudarlos con las cargas. Lástima que no haya venido comida, la jugada está apretadita”, apunta la laboratorista XXXXX, delgada en su complexión, lista para cargar cualquier cosa.

Como en San Carlos de Río Negro, estos de Maroa traen a rastras algunas sillas de ruedas que les permitan cargar las cajas de medicinas. Todas las manos hacen falta, y mientras el grupo avanza van presentándose en sus nombres: XXXXX, de Las Tunas; XXX, de Manzanillo, Granma; XXX, de La Habana…

El único que no habló es el más alto y fuerte. Va al final, cargando el solo el balón de gas sobre un hombro. Debe ser por el esfuerzo, pero Alina, técnica de laboratorio y en función de la farmacia, lo delata: “Parece que habla poco pero es un chivador, y si el tema es la comida o los jueguitos de computadora, hay que mandarlo a callar. Se llama XXX y es de La Habana.”

Maroa en la noche y sin corriente parece un pueblo fantasma. Por las siluetas de sus casas, la plaza, las calles de hormigón, se adivinan ciertos aires de ciudad; pero no podrá saberse sino hasta el amanecer; aunque al doblar una esquina, en torno a lo que asemeja la torre de la iglesia principal, aparece de pronto un lugar iluminado con lámparas fluorescentes, cristalerías en la entrada, un grupo nutrido de personas en sus corredores y un ronquido sordo de un motor.

“Es la planta del CDI. A esta hora es lo único que tiene corriente en todo el pueblo. La encendemos a las siete, hasta la medianoche, según la cantidad de combustible a mano”, se anticipa a la pregunta Abel, el joven intensivista tunero, jefe del grupo cubano.

“Las personas ya están acostumbradas al horario. Vienen a recargar sus teléfonos y hablar, si es que hay cobertura…

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