Una antorcha… ¿y la elevación de José Martí?

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La figura de José Martí forma parte del imaginario de los niños que participan cada año en el Salón de Plástica Infantil De Donde Crece La Palma, en Jiguaní, Granma. La foto corresponde a obra Jonathan Serrano Valdés./ Foto: Rafael Martínez Arias (Archivo)

Tal vez sea una percepción equivocada, pero en los últimos tiempos he visto, en los cumpleaños «no cerrados» de José Martí, homenajes más hondos y sentidos al Héroe de Dos Ríos.

He mirado más versos latiendo en uniformes escolares y más antorchas encendidas más allá de una noche puntual. Cuando uno capta crecimientos que desembocan en el Héroe de Dos Ríos, inevitablemente se entusiasma.

Sin embargo, ese posible ensanchamiento en las multitudes se torna liviano si no va acompañado de una elevación del culto verdadero a Martí. Cierto que es útil la ofrenda en una fecha específica de enero o de mayo, pero más vale el tributo con acciones.

¿Cuántos de esos miles que desfilan en enero terminarán siendo reales martianos? ¿Cuántos pondrán la cultura en su sangre y conciencia, martianamente hablando, como vía para conseguir la verdadera libertad?

El sentido de estas preguntas se sustenta en la necesidad de lograr una educación martiana, aspiración compleja porque, como bien señaló Cintio Vitier (1921-2009), no solo es educación «la que se imparte en las aulas sino también la que se manifiesta y vive en las calles y los campos de la patria».

Ese brillante intelectual –siempre presente pese a su ausencia física- nos advertía en diciembre de 2006, en una conferencia que debería ponerse en la cabecera de la nación, que «la incultura en las formas de vivir es también una esclavitud de la que tenemos que auto liberarnos, sin la excusa de que es un mal contemporáneo universal».

De manera que –apuntaba- había llegado el momento, inaplazable, de discernir y formular con entera claridad cuáles son los principios y objetivos de la educación martiana en Cuba.

Entre otros, señalaba el fundamento constante de la historia, la necesidad de la información irrestricta, el viaje perenne a los héroes y mártires, la formación basada en la libertad de conciencia y de expresión, el cultivo y dirección de los sentimientos y el fomento de la creación como raíz de la vida.

Estos preceptos, vinculados entre sí, tienen kilómetros de cuerpo; y concretarlos en su esplendor se antoja como una de las metas más difíciles de nuestro proyecto educativo.

Por eso mismo, viendo pasar a tantos adolescentes y jóvenes, al lado de sus maestros, camino a la evocación al Héroe Nacional, me he preguntado en qué momento de la vida una parte de ellos toma la seudo cultura y el aniquilamiento de los modales como forma de existencia, y se aparta así del Apóstol.

Porque si hay un principio imprescindible hoy, de los esbozados por Cintio, es el que tiene que ver con la «educación de las apetencias» y con el conectar «la belleza con el bien».

A la sazón, ese martiano infinito acotó que para andar en el camino del Apóstol no era mucho pedir a nuestros educadores –no solo a maestros- «una campaña nacional en favor del no hablar a gritos fuera del ámbito escolar y de no subir los decibeles de la música, o supuesta música, hasta el mero estruendo vibratorio de los amplificadores electrónicos».

Lo apuntaba no por un asunto menor, sino porque hace falta «mostrar las calidades superiores de la vida, refinar los placeres, comunicar los instintos con el arte».

Esa campaña, que no implica reprimir, censurar, prohibir, como sugería Vitier, aún no ha dado todos los frutos soñados. Tendremos que implementarla día a día, entre todos, con inteligencia, como hizo David contra Goliat, pero también con métodos enérgicos, que superen la pedagogía tradicional.

De ahí que los sujetos con hipotética influencia en los otros, empezando por los educadores, deban tener como horizonte la superación continua para poder «educar la sensualidad», como prescribió Cintio. No es que obviemos la flor al Maestro en la fecha sagrada de su nacimiento. Se trata de que, educando, la flor se introduzca en la actitud de los que la portan y se haga, al final, firme raíz.

Osviel Castro

Licenciado en Periodismo, Universidad de Oriente, Santiago de Cuba (1995). Corresponsal del periódico Juventud Rebelde en Granma. Colaborador en temas de deportivos de la CNC TV Granma.

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