Amor de oficio

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«¿De blanco?-pregunto-, Sí, visto de blanco y amarillo, de colores claros. También llevo esta pamela y ando pulida. ¿Por qué no? ¿Quién dijo que por barrer las calles hay que andar como quiera? Es un prejuicio de gente ignorante, y por eso, por no tener prejuicios, van 15 años de esta relación de amor con mi trabajo».

La mulata impone su estatura sobre la escoba, que parece un juguete en sus manos. Más bien una flor, pues la domina con una singular delicadeza femenina. Se llama Dimis Echegoyen, y dice Arnaldo Guevara que en ese movimiento se le queda embelesado el rostro todas las mañanas, mientras el carro colector de desechos sólidos en que trabaja va alejándose, dobla una esquina y ya no puede verla.

Él no tendría que levantarse tan temprano como ella, cada día, pasadas las dos de la madrugada. Dimis tiene a su cargo la limpieza de un tramo largo de la avenida que es entrada norte a Bayamo, viniendo desde Holguín. «Es como la puerta de la casa de uno. Tiene que brillar siempre, y antes de que amanezca debe estar impecable, porque después el tránsito allí es mucho, y peligroso».

Desde las tres, y a veces antes de las seis de la mañana, tiene lista su área, «pero no me acuesto, no puedo. Me voy a donde alguna compañera mía, a ayudarla, y en ocasiones al mediodía todavía estoy dando escoba. Claro, eso pasa cuando dejo listo el almuerzo en casa, porque aunque no desayunamos casi nunca, más que un café, Arnaldo y yo nos dedicamos siempre un buen almuerzo caliente».

Pareja en la vida y en el oficio, Dimis Echegoyen y Arnaldo Guevara tienen en la higiene comunal de la ciudad de Bayamo un propósito fundamental de su cotidianidad. Foto: Dilbert Reyes.

Arnaldo es jefe de brigada de la tripulación de cuatro recolectores. El tractor con la carreta parte a las cinco, pero el también sale de casa a las tres. «No podría seguir durmiendo mientras Dimis barre de madrugada una avenida, sola»

Se va con ella, carga la carretilla, comparten el café en el mismo kiosco, y cuando llega su carreta con el sol, las calles de Dimis brillan como saldo de un trabajo a cuatro manos. El hombre le estampa un beso, cae de un brinco en el pescante, y se aleja a su faena sin retirarle la vista a veces por muchas cuadras, hasta la esquina en que dobla. Hace una década realizan esto juntos, cuando empezó el también en Comunales, alentado por ella. Por 23 calendarios han compartido el hogar.

«Para eso nos levantamos a las dos de la madrugada, para dejarlo todo listo en casa. Creo que a veces pecamos de protectores, pero es como vocación. En la zona de Comunales Dimis lleva el Sindicato, y yo las finanzas. A ella no hay quien le matrate un trabajador, ni hay reclamo que no se eche arriba. Eso, si el obrero tiene la razón; si no, tendrá que asumir las consecuencias. Creo que esa forma de ser le ha dado todo el respeto que tiene.»

Ambos cargan el orgullo sano de vivir una ciudad con prestigio nacional por su limpieza. Cada vez que se habla de eso, dicen, ellos ven reconocido su desvelo.

«La zona de nosotros no está en el casco histórico, ni incluye el famoso paseo bayamés, ni tiene esos repartos con todas las calles asfaltadas; pero también brilla por su limpieza, y guerreamos por ella, contra la gente indecente que no piensa para tirar cualquier basura a la calle, que saca el churre de la casa hacia el contén, de los cocheros que botan la excreta de los caballos al pavimento. Por suerte van siendo menos. Creo que tiene que ver con nuestra constancia, con nuestro ejemplo.»

Después del mediodía, cuando el cuerpo pasa cuentas al madrugador deshabituado, ni Dimis ni Arnaldo ceden a la tentación de su colchón. Ambos se vuelcan a las labores de casa, a las demandas de los nietos, a un juego de dominó que a veces suena fichas en la calle ya bien entrada la noche.

A las dos de la madrugada próxima habrá que estar en pie, y ellos como que no se cansan. Podrían enfermar al cuerpo, advierte alguien, y según ellos no, que están como vacunados.

«¿Que cuál vacuna? La del amor… por el trabajo, por el otro, por la vida. Somos un par de enamorados felices.»

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