Un encuentro con Chávez en Venezuela

Comparte
Foto: Tomada de internet

Nunca he podido olvidar aquella visita al Cuartel de la Montaña, hace casi seis años.

En esa ocasión temblé desde que se asomaron las siluetas del barrio popular 23 de Enero, desde que apareció la pendiente, la llama y el cartel «4F». Una F que es febrero de rebelión esparcida en la Venezuela bolivariana, hoy más acosada que nunca.

Trepidé desde que vi el viejo cañón que cada tarde dispara salvas a las 4:25, la hora en que Hugo Chávez Frías atravesó los cielos, el 5 de marzo de 2013.

Cómo no emocionarse, cuando, a en la puerta, uno choca con algunas de sus últimas frases antes de marcharse a Cuba, en diciembre de 2012, para la complicada operación, que sería la última.

Cómo no emocionarse ante el símbolo que late más allá de un cuartel en la montaña; más allá de fotos, de versos flotantes en el aire, del fuego, de la flor de granito que derrama el agua y se moja los pétalos.

Sentí lo mismo que Cristina Fernández, la ex presidenta argentina, cuando toqué el sitio donde reposa el Comandante Eterno: creí que todo, de repente -hasta la fuente que lo acaricia- , se hizo silencio. Silencio.

Después… volví a escuchar las canciones en su voz inigualable; advertí que cada foto hablaba; le miré los ojos todavía vivos, la sonrisa que dibuja un breve orificio entre la dentadura blanca. La sonrisa diáfana. Pura.

Sentí su respiración en la pequeña iglesia a la derecha que invoca alegorías; sentí sus latidos en cada imagen, en el Chávez vendedor de arañas, en el Chávez llanero, lanzador, soldado, oficial, líder, presidente, hijo, amigo, padre, hombre. Transité por su vida en ráfagas, por la última foto con dos de sus hijas adoradas, por el mensaje de su retorno a Venezuela precisamente en febrero de 2013.

Lo divisé, soportando terribles dolores, desafiando la enfermedad agresiva, bajo el aguacero de octubre de 2012 antes de las victoriosas elecciones. Y conocí más al ser humano que se inmoló callado para seguir edificando Patria.

Sentí que algo intentaba humedecerme el semblante cuando llegó el relevo de la posta que se reemplaza cada hora y media; cuando los jóvenes húsares, vestidos de rojo, dijeron las consignas y vino, potente y solemne, a coro, el: «¡Chávez vive, la lucha sigue!» Era, simplemente, una lágrima.

Descubrí que el tiempo no era ya tiempo sino instante detenido. Que el mundo es un grano giratorio que nos coloca algún día en el lugar menos pensado. Que, aunque caigan raíles de punta en Venezuela, nadie podrá apagar el Sol que vive más allá de una boina y cuartel.

Osviel Castro

Licenciado en Periodismo, Universidad de Oriente, Santiago de Cuba (1995). Corresponsal del periódico Juventud Rebelde en Granma. Colaborador en temas de deportivos de la CNC TV Granma.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

fifteen − two =