Así fue el cubano que cayó en Dos Ríos
Fue desde luego, el mayor de los cubanos. Por el alcance y trascendencia de su proyecto para liberar a Cuba y Puerto Rico y para equilibrar a América y el mundo.
Por su pensamiento fundamentado en una ética de servicios, de matriz latinoamericana y en aras de las clases populares.
Su dedicación patriótica le significó la incomprensión de la madre, de la esposa y de muchos amigos deseosos de que su brillante talento se aplicase al ejercicio de la abogacía y al disfrute de una holgada vida familiar.
Pasó más tiempo separado de su hijo, carencia que expresó una y otra vez en sus textos y que le hizo considerarse un muerto en vida.
Adoptó para siempre el traje negro porque decía que guardaba luto por la esclavitud de Cuba.
La amistad y el agradecimiento eran sus deberes y sus gozos. Su maestro, Rafael María de Mendive, fue sagrado en su memoria.
Quienes le tendieron la mano, fueron aceptados y queridos aunque no compartieran sus posiciones políticas.
Poseía el arte de escuchar, siendo un hombre que hechizaba a sus oyentes lo mismo en la tribuna, en los grandes salones o ante la tropa mambisa en los campos orientales.
Martí pasaba horas y horas escribiendo, subía de dos en dos los escalones, pero leía pacientemente las cartas de su hijo y se pasaba largo rato escuchando a María Mantilla, mientras ella practicaba el piano.
Supo controlar y encausar su orgullo, su rebeldía, cualquier arranque de soberbia. Fue una voluntad al servicio de una causa y de los demás.
Así fue el hombre que cayó en su primer combate, el 19 de mayo de MIL 895, cuando en su condición de dirigente marchaba a organizar el gobierno de los patriotas en armas.

