El coronel Peraza, un héroe de Cuba (+ Video)

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Por:Leticia Martínez

Emisión: 24/05/2019

En el barrio Tamayito, a las afueras de Bayamo, vive un Héroe de la República de Cuba, un hombre atento, de mirada humilde, que ahora se dedica a las labores del campo, pero que en el año 1983 dirigió una de las batallas memorables de la guerra de Angola.

Con el coronel de la reserva Fidencio Eugenio González Peraza, héroe de Cangamba, conversó En Persona de la Mesa Redonda, desde la propia sala de su casa, un hogar donde se sufrió durante mucho tiempo por no saber qué suerte corría en el continente africano.

Pero la historia de Peraza, como lo conoce todo el mundo, empezó mucho tiempo antes en la comunidad pobre de San Esteban, donde vivía junto a sus padres y siete hermanos. La vivienda, cuenta, era un bohío sin ventanas, con puertas de guano, asientos hechos con palos de marabú, camas con sacos y piso de tierra.

Sus primeros zapatos los tuvo a los ocho años. Nunca se le olvida aquella sensación de pies apretados: “sentía más satisfacción andando descalzo porque ya estaba acostumbrado”.

Fidencio en su adolescencia fue limpiabotas, carbonero, “almuercero” que llevaba comida a los cortadores de caña y cada uno le daba un medio; además hizo de pregonero por las calles de Bayamo, vendía lo que apareciera, incluso materia orgánica.

Hubo un tiempo ─ explica en el programa televisivo ─ que emigraba a otras provincias junto a un grupo de hombres, cuando él era solo un muchacho, y hacía de aguatero, buscaba leña para el fogón, cocinaba y ayudaba en la chapea. En una de esas andanzas, mientras cortaba caña en Camagüey, coincidió con los días de la invasión por Playa Girón. Poco después, en mayo de 1961, se incorporó con carácter permanente a las Fuerzas Armadas Revolucionarias y a ellas perteneció por 38 años.

Las primeras bravuras de Fidencio en defensa de la Revolución ocurrieron en Baracoa, cuando formó parte de la lucha contra bandidos. En una ocasión, tras un desembarco y al intentar penetrar la posición del enemigo, lo hieren a un centímetro del corazón. El proyectil ─ demuestra placa mediante ─ continúa alojado en su cuerpo, entre la columna vertebral y un riñón. Cuenta que lo salvó uno de los hombres que después estuvo junto al Che en Bolivia, el médico Octavio de la Concepción y de la Pedraja. Si hoy estoy vivo es gracia a él, es justo que lo recuerde, “saber que fue uno de los hombres que murió con el Che repercutió mucho en mí”.

Allí en Baracoa, Peraza participó en la captura de Yarey, uno de los bandidos más peligrosos del aquel territorio. “Era habilidoso, conocedor del terreno, ágil, astuto… fue el que más trabajo nos dio para capturarlo, fueron varios años detrás de Yarey”.

Recuerdan a Fidel Castro Ruz, máximo líder de la Revolución cubana, el Coronel (r) Fidencio González Peraza, Héroe de la República de Cuba, y de la Batalla de Cangamba, y su esposa Belkis Pérez Barredo, en entrevista con la Agencia Cubana de Noticias (ACN), en el municipio de Bayamo, provincia de Granma, Cuba, 1 de diciembre de 2016. ACN FOTO/Armando Ernesto CONTRERAS TAMAYO/sdl

EL INFIERNO DE CANGAMBA

¿Por qué en agosto de 1983 el coronel Peraza estaba aún en Cangaba si ya le tocaba regresar a Cuba con su misión cumplida? Con esa pregunta comenzó la narración en la Mesa Redonda de lo que fue el momento más difícil en la vida de Fidencio y de los 81 cubanos que, bajo ninguna circunstancia, entregaron aquel territorio angolano

Tenía mi misión cumplida con 29 meses ─ rememora ─ y junto a 27 compañeros iba a regresar a Cuba. Incluso había entregado el mando y ya no era jefe de Cangamba. Pero ese era un lugar complicado, los aviones nuestros que llegaban era atacados por el enemigo constantemente. “Entonces decidí no irme porque lo más probable era que tumbaran el avión, después de tanto nadar no iba a morir en la orilla, preferí quedarme hasta que cambiara un poco la situación”.

Aquello se convirtió en un infierno, recuerda el héroe cubano, “porque el enemigo disponía de una gran cantidad de fuerzas y medios, sobre todo de artillería y mortero, era una preparación artillera que duraba las 24 horas. Durante dos meses el enemigo nos asedió sin fallar un solo día, desde el primero de junio hasta el primero de agosto. Realizaban fuego de artillería y mortero desde cinco minutos hasta más de una hora, pero nunca nos hirieron a ningún hombre antes de la batalla de Cangamba”.

Si algo importante hicimos fueron los trabajos ingenieros, a los que dimos toda la importancia. Se trabajó mucho. Se construyó un refugio por cada cuatro o cinco hombres. Todo estaba bajo tierra, hasta la leña para cocinar. Había un cerco total sobre nosotros.

El enemigo impedía a toda costa que entraran abastecimientos. Muchas veces hacíamos el desayuno, el almuerzo y la comida una sola vez al día, a las dos de la tarde. Por la noche eran dos latas de leche condensada sin azúcar para 36 hombres y le incorporábamos 14 mandarinas.

Así lo contó Fidencio, quien agregó que una de las cosas más difíciles era no tener agua para tomar. Había plantones de plátano burro y a uno de los compañeros se le ocurrió la iniciativa de cortar la cepa y chupar los pedazos. También masticamos papel para segregar saliva y comimos pasta de diente. Algunas noches los angolanos rompían el cerco, iban hasta una ciénaga y en un cubo llevaban el fango que colábamos luego con gasas y en una tapita de cantimplora se daba esa agua sucia cada seis u ocho horas, dando prioridad a los heridos.

“No hubo un solo compañero que diera indicios de rendirse ante aquella situación. Se derrochó coraje, valor, patriotismo. Todos estábamos conscientes del peso y de la responsabilidad que teníamos con nuestro pueblo, con el Gobierno, con el Partido, con Raúl, con Fidel, con la Revolución. De los 82, teníamos 18 muchachos del servicio militar, el resto era personal de la reserva y profesionales éramos dos nada más”.

En aquella situación las trincheras fueron un acto de coraje porque la tierra no era buena y se desplomaba. “Hicimos 22 refugios y de ellos 20 fueron destruidos por el fuego de la artillería de los morteros”. De los cubanos, murieron 17 y 30 resultaron heridos; de los angolanos hubo 60 muertos y más de 100 heridos. El enemigo ─ según se comprobó y ellos mismo confirmaron ─ perdieron algo más de un batallón.

El momento más difícil para Fidencio fue cuando tuvo que caminar en la trinchera por encima de los cadáveres. “Yo no estaba en condiciones de saltar el cadáver, le puse un pie en el hombro pero con mucho cuidado y pude rebasarlo”. En cambio, el momento más sublime ocurrió cuando tuvo la noticia de una carta enviada por el Comandante. “Me impresionó mucho, fue algo grande para nosotros”.

Esa carta decía al final: “Confío en el valor insuperable de ustedes y les prometo que los rescataremos cueste lo que cueste. ¡Patria o Muerte! ¡Venceremos!” Pero ellos nunca la recibieron de puño y letra. La misiva, como otras cosas que se lanzaron desde un avión, cayó en manos del enemigo. Solo supieron el contenido de la carta a través del general Lussón, que se las leyó por la radio.

“Más o menos teníamos la idea de lo que decía, pero yo no era capaz de memorizarla. Entonces se nos ocurrió formar tres grupos con los compañeros más capaces que hicieron una carta parecida a la del Comandante en Jefe… Se escribió con pedacitos de lápices, algunos de color, porque ya no había ni con que escribir. Se reprodujo y se le dio lectura hombre por hombre. Fue un impacto tremendo, levantó el espíritu combativo de todos los cubanos y angolanos. Fue grande aquello”.

Al propio tiempo, evoca Peraza, recibimos la indicación de Fidel de que valoráramos la situación y si fuera posible cruzáramos el cerco. “Aquello era una orden y había que cumplirla”. Nos reunimos, colegiamos la situación, pero las condiciones físicas de la tropa, el cerco completo del enemigo y el hecho de tener que recorrer 300 kilómetros a campo traviesa con dos heridos, hacía imposible cumplir la orden. Mientras tanto, otros compañeros destruyeron toda la documentación. “Cerca de las doce de la noche llegamos a la conclusión de que no era posible romper el cerco y decidimos mantener la posición hasta las últimas consecuencias”.

El enemigo no nos capturó porque fueron cobardes ─ explica ─porque las tropas nuestras estaba muy deterioradas, cansadas, incluso a veces veíamos doble y perdimos unos cuantas libras.

Relata Peraza que en medio de un ataque artillero se metió en el refugio donde guardaban a los compañeros muertos: “eso me golpeó mucho, fue un momento duro, yo pensaba en sus familias”.

¿Cómo finalmente salen de Cangamba? ¿Quién los rescató?

“La victoria estuvo determinada por los trabajos ingenieros que hicimos y la preparación político e ideológica de las tropas”.

Eso garantizó la resistencia ¿y el rescate cómo fue?

“Se realizó por la dirección acertada y su principal protagonista fue Fidel, que cumplió su promesa de que nos rescatarían. La aviación jugo un papel determinante, también las tropas especiales”.

Cangamba nunca cayó en poder del enemigo, que llegó a estar a menos de 20 metros de nosotros. Precisa Peraza que estaban tan cerca que podían escuchar las veces que daban vivas a Fidel, a Raúl, a Neto, y cuando gritaban “la lucha continúa” y “aquí no se rinde nadie”.

Él confía mucho en la juventud, dice, “y si tuviera que volver a la guerra yo quisiera que me dieran a todos los muchachos, a ningún viejo, porque son leones. Tengo confianza absoluta y converso mucho con los jóvenes”.

Han pasado los años desde aquellos días infernales de Cangamba y en la casa del Héroe de la República nadie olvida los tiempos de la incertidumbre. Su esposa, Belkis Pérez Borrero, a quien le unen ya 45 años de relación, no puede contener el llanto cuando recuerda a sus hijas pequeñas y todo el tiempo en que no supo si su amor estaba vivo o muerto, “esperaba que en cualquier momento me dieran la peor noticia”.

Esa mala nueva nunca llegó y ahora viven tranquilos. El Héroe de Cangamba cuida un pequeño pedazo de tierra, de donde se abastecen “de carne de cerdo, huevo, viandas, frutas. Nosotros no tenemos que comprar nada de eso. Solo arroz y sal en la bodega”.

Cuadros con fotografías de Fidel y Raúl adornan su casa, “porque son como mi familia”. Y recuerda Fidencio entonces aquel día en que el Comandante en Jefe le colgó en el pecho la medalla de Héroe de la República de Cuba: “me puso las manos en los hombros y me dijo “hoy el hombre más feliz del mundo eres tú”. Y así fue como lo sentí”.

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