Luchador incansable

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La niñez de Lázaro Peña González fue preñada de carencias que no de pobrezas de espíritu, pues dicen siempre fue un luchador incansable frente a las adversidades.

A los 10 años quedó huérfano de padre y su madre Antonia supo de la hombría del pequeño al asumir tempranamente el apoyo en tareas de sostén del hogar y la familia.
Junto a su madre, despalilladora de tabaco, aprende el oficio y no desecha estudiar, aunque en la escuela solo alcanza al tercer grado.

Se gradúa de tabaquero con la vida, y también se gradúa de hombre, de amigo, allí conoce las vicisitudes de familias apresadas en las necesidades y la oscuridad de la ignorancia, los bajos salarios, abuso golpea en la cara y Lázaro se levan aún adolescente contra la injusticia.

Las protestas contra los bajos salarios van y vienen, son el látigo del dueño, como operario de la fábrica compromete su trabajo, fuente de alimentos y seguridad, pero no importa el bien personal. Lo expulsan, es quizá uno de los primeros signos de que lado estará en lo adelante.

Despierto si es mi muchacho, piensa Antonia, la madre, adolorida de tanto trabajar. Su hijo habla como si estudiara. Al llegar a los 18 años ingresa en el Primer Partido marxista de Cuba y en 1933 fue elegido miembro de su Comité Central, la madre no lo sabe aún pero tiene un dirigente en casa, que dócil y tierno le ayuda en los quehaceres.

Espigado y de andar rápido Lázaro no permanece en un sitio tranquilo, desanda de aquí para allá y de aquel lugar para este, no para de conversar, de indagar sobre las preocupaciones de los demás, de poner ejemplos, de arengar a la lucha.

Resulta un constante luchador por las reivindicaciones económicas y sociales del proletariado y luego del fracaso de la huelga revolucionaria de marzo del 35 batalló por la unidad y reconstrucción del movimiento sindical, que culmina en la celebración del Congreso Constituyente de la Confederación Nacional Obrera de Cuba (CNOC).

Hasta la disolución de la CNOC funge Lazarito como Secretario General, es el baluarte por el que auna a todo el movimiento obrero de la isla vinculándolo con el y el Partido Comunista.

Tiene imán y tiene un ángel, a él se unen otros jóvenes y no tan jóvenes dirigentes sindicales y obreros, Jesús Menéndez y Aracelio Iglesias confraternizan con Lázaro múltiples actividades.

Al contribuir a crear la Confederación de Trabajadores de América Latina y al constituirse en 1945 la Federación Sindical Mundial es uno de sus fundadores y ocupa varios cargos hasta el de vicepresidente, responsabilidad que mantenía al morir.

Durante los duros años de 1940 y 1950 sufre encarcelamientos, persecuciones, torturas y hasta amenazas de muerte. Antonia tiembla en cada salida de su hijo, pero él regresa con una sonrisa.
Al triunfar la Revolución cubana los obreros tienen un dirigente que no se sienta a descansar detrás del buró, que permanece de pie en las fábricas, en el surco, que vuelve a subir al barco pesquero, que incansable pregunta, escucha, explica, convencido de la necesidad de que el obrero se sienta el centro del proceso. Por eso es tan grande aún Lázaro.

Diana Iglesias

Licenciada en Psicología, Universidad de Oriente 1998. Escritora de programas dramatizados históricos para la radio. Periodista en la redacción de la Oficina Cultural Ventana Sur. Colabora con las páginas web de La Demajagua, Crisol, AHS, CNC TV , ACN. Realizadora audiovisual, documentalista. Promotora cultural.

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