La compañera justa: una Titana de Bronce

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Diseño: Gilberto González García/Tomada de Radio COCO

La compañera justa en su vida  tuvo Antonio de la Caridad Maceo Grajales, quién naciera el 14 de junio de 1845 en los actuales  municipio de San Luis,  provincia de Santiago de Cuba y al que los cubanos rendimos tributo en el aniversario 164 de su alumbramiento.

María Magdalena Cabrales Fernández nacida tres años antes que su prometido Antonio, muy cerca de los predios de los Maceo Grajales, y en condiciones similares: hijos de pardos libres dueños de tierra, agricultores con solvencia económica, educación e instrucción.

Hermosa y esbelta dicen era María Cabrales, como la recuerda la historia.  Los daguerrotipos la describen como una mujer robusta de rostro dulce, pelo ensortijado y abundante, vestida con elegancia y sencillez.

Dura fue su vida al lado del hombre que amó, no por  la leyenda de mulato enamorado y conquistador, sino por experimentar en carne propia la aspereza de la manigua, las persecuciones del enemigo, carencias y peligros, enormes esfuerzos humanos para sobrevivir y ayudar a los heridos y moribundos de la guerra, el exilio, la pérdida de seres queridos incluyendo los hijos muy pequeños.

De casi todo lo que una mujer de su época y condición social le privó el destino, pero no la pudo privar de lo esencial: férreos valores, fidelidad a la libertad de Cuba y sus principios revolucionarios y profundo amor y admiración por su compañero y esposo, fuerza espiritual y voluntad a prueba de balas y situaciones límites.

No pudo ver crecer a sus hijos, algunos historiadores cubanos y extranjeros niegan que los hubiesen concebido. Pero la investigadora Nydia Sarabia asegura que al alzarse los Maceo Grajales después del grito de Céspedes en Demajagua, María llevaba en brazos a Caridad, la primogénita y en su vientre al primero de los dos varones que llegarían a nacer.

Muy difícil era la situación para los hombres, apenas con vestidos, con poco dinero, escasas armas y municiones, pero con la vergüenza y el deseo de libertad. Mucho más cruda para las mujeres como María que no se detuvo al amparo de una prefectura abrigada, sino iba a pie, con sus bártulos y dolores detrás de las tropas mambisas para sanar heridas, consolar moribundos y llevarles comidas y cuanto hiciera falta, cargando además con sus hijos, mal alimentados y amenazados por el peligro  ante un enemigo inclemente y fiero que bayoneta mujeres en gestación y fusila niños y ancianos.

Veintiseis años tiene María cuando pierde a su primera hija y en los dos años venideros perderá también a dos pequeños más, como también verá morir  los hijos en la manigua el General José, hermano de Antonio. Serán los niños mártires de la familia de los que apenas se habla por la inmensa gloria de sus padres.

Una anécdota narrada por el General Loynaz del Castillo describe lo más extraordinario en esta mujer. En octubre de 1877 después del combate en Mangos de Mejías el General Antonio Maceo está herido. María marcha a pie junto a la parihuela que conduce al moribundo.

La persecución de varias columnas españolas no les permite detenerse ni un segundo. José Maceo y un puñado de hombres los escoltan. La tropa del general José María Rodríguez (Mayía) acude al encuentro de los fugitivos y este desorientado no sabe qué hacer.

Cuando el desenlace parece ser fatal se escucha la voz de María Magdalena que ordena a los experimentados jefes mambises: ¡A salvar al General Antonio, o a morir con él!

Compartió con su esposo los sinsabores del Pacto del Zanjón y lo secundó en la Protesta de Baraguá, lo acompaña al exilio obligado por Costa Rica, Panamá, Honduras,  y lo anima para el reintento de la Guerra Chiquita. En Jamaica  la conoce José Martí  en octubre de 1893 y despierta en él un sentimiento de admiración sin igual.

Aquella parda hermosa, aún sin muchos arreglos mantiene los rasgos de feminidad que la vida le regaló con los que apacigua el dolor de las pérdidas y la incertidumbre del futuro. Ella es un horcón fundando Clubes femeninos, acopiando dinero y cuanto hace falta para la contienda necesaria que se avecina.

Cuando  se declara que  la guerra va solo por los hombres reclama la presencia de las mujeres. ¿Quién cuidará de los heridos, quién preparará las ropas, la comida, quién será el hombro amoroso para consolar la tristeza por la lejanía de la familia? Los grandes hombres la miran comprensivos y asienten. Hacen falta mujeres.

Un beso de despedida en marzo  de 1895 no pareciera ser el último. Queda mucho por luchar, mucho por hacer. Antonio regresa a Cuba en la goleta Honor el 1ro de abril, entra por Duaba en Baracoa, lo más oriental de la isla y va a morir en Pinar del Río en el occidente un año más tarde.

Sigue las noticias desde que su esposo pone un pie en la tierra natal, los españoles no le pierden ni pie ni pisada, cada tiro del General Antonio es un suceso noticioso. Como lo es su  muerte, en diciembre de 1896 motivo de festividad en la península ibérica, las que María critica con duros términos, recordándoles quién fue Antonio Maceo para Cuba y sus enemigos.

Una compañera así, la mejor colaboradora como la llamó Martí es la compañera justa para un Titán, una Titana de Bronce.

 

Diana Iglesias

Licenciada en Psicología, Universidad de Oriente 1998. Escritora de programas dramatizados históricos para la radio. Periodista en la redacción de la Oficina Cultural Ventana Sur. Colabora con las páginas web de La Demajagua, Crisol, AHS, CNC TV , ACN. Realizadora audiovisual, documentalista. Promotora cultural.

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