Cuando los ríos subieron de los llanos a las cumbres (+Video, Fotos e Infografía)

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En las montañas los frutos, al peso de lo maduro, caen y ruedan cuesta abajo. La tierra, donde no la aguantan rocas y raíces, desliza rumbo al valle. La lluvia en la loma, una vez en el suelo, continúa cayendo, y empieza a hacerse río, y crece, mientras baja.

Es la ley natural: los ríos siempre bajan de las sierras a los mares.

El 26 de julio de 1960, en la Maestra de Oriente, otros ríos subieron, por primera vez, de los llanos a las cumbres.

«¿Por qué se ha podido reunir en descampado una multitud? Porque en una ciudad es lógico y explicable que pueda reunirse una multitud, pero que en un campo absolutamente despoblado se reúna una multitud como esta, quiere decir algo, quiere decir mucho…

«Que un río humano se mueva en un torrente hacia este sitio; que decenas y decenas de miles de personas se hayan trasladado a este punto desde hace varios días, y que en la noche de ayer un número incalculable de ciudadanos estuviese durmiendo en los caminos, a las orillas de las carreteras y bajo los árboles; (…) esto quiere decir algo».

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Foto: Fotograma de Phaté.

Era el séptimo aniversario de los asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, y el segundo año que la Revolución triunfante conmemoraba la fecha.

En el 59 La Habana abrió los brazos a miles de campesinos invitados para la efeméride, y se había dicho allí que en el año siguiente sería al revés, que Cuba vendría a la Sierra. Y así fue.

Cuatro días antes del 26 del 60, rumbo a El Caney de Las Mercedes, los caminos avanzaban en el único sentido que permitían las filas de gente a pie, a caballo, en carretas, sobre camiones, jeeps, guaguas. Avanzaban desde todas direcciones: Manzanillo, Bayamo, Santiago, ciudades a las que habían llegado en buses, trenes, autos, aviones, procedentes de todos los rincones cubanos y de países hermanos.

Una ciudad tiene puertas y techos suficientes para guardar a muchos de la intemperie, pero un campo apenas poblado solo tiene lo natural, que hasta la cobija del guajiro es guano, tronco y penca de palma.

A sabiendas del imperio de los árboles, los ríos, de los caminos fangosos, miles de isleños de todos los sectores se fueron a El Caney. ¿Por qué allí? En uno de sus valles se levantaba la que el Che consideró la primera obra civil de la Revolución. Quedaría terminada en esa fecha la unidad uno de la Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos, cuya capacidad, al final, ofrecería educación y albergue a 20 000 niños al unísono, con prioridad para los de la Sierra Maestra.

Los bloques nuevos de aulas y dormitorios, unido a los corredores largos y espaciosos, fueron copados enseguida por la masa, y como agua que inunda un «bajío» se derramó la muchedumbre en los montes circundantes, al amparo de los árboles, recostados a las piedras, a la orilla del arroyo transparente, a esperar la fecha, el acto, la gala anunciada para la noche… a esperar a Fidel.

Cuenta una crónica de entonces, que ante el reclamo incómodo de un habanero en procura de un rincón donde dormir, un soldado rebelde encargado de la organización le respondió: «Anoche el Embajador de Uruguay y el presidente del Tribunal de Cuentas durmieron en el suelo, en un portal. No podemos hacer otra cosa».

El gentío disperso mezclaba, como en un performance inmejorable de la transformación nueva, a cubanos de todos los sectores, dirigentes revolucionarios, escritores, periodistas, obreros, campesinos; la mayoría sentada en la tierra, alrededor del escenario.

Infografía: Gabriela Jons (Estudiante de diseño)

Después del acto del 26 habría una parada cultural con 600 artistas y protagonizada por el elenco del Teatro Nacional. Cantata por la paz se llamaría, con música del maestro Juan Blanco, y como número central la adaptación de la famosa Cantata a Santiago, de Pablo Armando Fernández –también presente–, recompuesta con las esencias poéticas de varios discursos de Fidel.

En el despertar del 26 el fervor y la impaciencia, a pesar de «la acampada» de tres días, revelan que es la fecha. Avanza la jornada, todo listo, copada la tribuna. Hay un desfile inmenso de milicianos, de niños de la nueva escuela, de campesinos que sacuden sobre las cabezas, como espuma, los títulos recientes de la Reforma Agraria.

Antes del orador que todos aguardan, habla Ciro Rodríguez, hijo de campesinos, natural de Niquero. Tiene 13 años y entre otras cosas dice: «Por lograr la independencia de Cuba cayeron en la última etapa 20 000 cubanos, y los niños que estudiamos en esta ciudad escolar que construye la Revolución (…) venimos a ser el reemplazo de los 20 000 cubanos que ofrendaron sus vidas…».

A seguidas, Fidel se manifiesta impresionado por aquel pequeño de «viva inteligencia» y «palabra cálida», y dijo que es en él y en sus compañeritos que la Revolución piensa primero porque son, sencillamente, el futuro.

Honra a los campesinos una y otra vez, les agradece, y les explica que el papel de propiedad de tierra no es lo importante, como nada material basta para hacer felices a los hombres; que la Revolución no les dio nada, sino que les devolvió los derechos arrebatados.

El Comandante exaltó la organización creciente del pueblo miliciano, de la premura con que se disponía la defensa de la patria a la amenaza inminente. Había visto marchar ante la tribuna los bloques uniformados, pero sin armas, y afirmó: «puedo decirles que ya esta será la última vez que las milicias obreras y campesinas desfilen sin sus fusiles. ¡Y ya los fusiles de las milicias están ahí, están ahí en el territorio nacional! (…) En los desfiles venideros marcharemos todos con las armas correspondientes».

Comenzó a llover. El jefe guerrillero había estado enfermo los días precedentes, y cuentan que la multitud le reclamaba a coro: ¡No se moje, no se moje!

Prometió terminar, y en el último segmento de sus palabras, además de proclamar la consigna ¡Cuba sí, yanquis no!, reforzó concluyente las ideas que antes dijo sobre las ambiciones imperiales en América Latina, el desespero norteamericano por aislar a la Revolución, el ejemplo «peligroso» de Cuba para el continente: «… ¡porque nos quieren destruir para que no seamos ejemplo! Y puesto que si pudieran destruirnos no seríamos ejemplo, ¡si podemos ser ejemplo no podrán destruirnos!».

Terminó convocando «…a seguir haciendo de la patria el ejemplo ¡que convierta la Cordillera de los Andes, en la Sierra Maestra del continente americano!».

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Celebración en Las Mercedes, Sierra Maestra. / Foto: Fotograma extraído de filme de Phaté.

«Cuando llegué a la Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos, me sentí atemorizado, más pequeño aún de lo que me siento cuando llego a Nueva York por primera vez. Era de noche. (…) Aunque no había conseguido una cama para dormir no me atreví a protestar, cuando vi mujeres y niños durmiendo en el suelo no me atreví a protestar. No podía comprender por qué esta gente se sacrificaba de esta manera.

«A la mañana siguiente me sentí intimidado. (…) ¿Quieres tomar café? –me dijo una anciana. (…) En un día hice más amigos que durante varios años en los Estados Unidos. Sentí que había crecido, mucho menos sectario; sentí que estaba participando de un inmenso proceso en las relaciones humanas».

Testigo de ese 26 de Julio, el entonces profesor universitario Saul Landau, luego documentalista y escritor prominente, continuó las líneas de su asombro, por la expresión popular y la escuela nueva:

«Pensé que a mis hijos les encantaría estar en un lugar así. (…) De seguro mi cara mostraba admiración, ya que un rebelde que estaba allí cerca pareció haberlo notado. Me tomó por el brazo. (…)

–¿Va a contarle a su gente las cosas que ha visto aquí?

–No pararé de contarle a todo el mundo los grandes cambios que se están operando aquí. Estos hechos son especialmente significativos para un norteamericano, porque en los Estados Unidos hay muy pocas cosas por las que uno se puede entusiasmar.

–¿Usted no se insulta cuando decimos Cuba sí, yanquis no? Eso no lo decimos por usted, o por el pueblo americano, se lo decimos al gobierno.

–Yo lo sé.

«No estaba acostumbrado al fuerte sol cubano. Me puse a ver el desfile, esperando que Fidel empezara a hablar. Ya era por la tarde. Grupos de estudiantes hispanoamericanos empezaron a pasar frente a la tribuna donde estaba Fidel, gritando su apoyo a la Revolución Cubana. Vi a Robert Williams, el líder negro de Carolina del Norte, en la tribuna.

«Un grupo de norteamericanos nos organizamos para también demostrar nuestro respaldo por la independencia de Cuba y la igualdad humana. Otros estudiantes y escritores, blancos y negros, se nos unieron. Williams y yo entrecruzamos nuestros brazos. Fidel nos miró. Estaba sorprendido. En su cara se leía que no comprendía muy bien lo que estaba pasando.

«Entonces oyó lo que estábamos diciendo –hablábamos en inglés– y lo comprendió. Su sonrisa demostró su complacencia. Entonces nos saludó. Pero éramos nosotros los que apreciábamos el humanismo y el espíritu de sacrificio del pueblo cubano tratando de construir un mundo mejor». (Texto Dilbert Reyes)

Infografía: Gabriela Jons (Estudiante de diseño)

 

 

 

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