Un despertar bajo las balas en Bayamo (+Videos)

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Cuartel de Bayamo, sede del Escuadrón 13 de la Guardia Rural, hoy parque-museo Ñico López. / Foto: CNCTV

por Dilbert Reyes Rodríguez y Aldo Daniel Naranjo

Para quien honra en el ejemplo propio la memoria de la patria, y hace suyos los pendientes de libertad y justicia, nada del pasado épico le resulta inútil. Hay siempre brasas vivas bajo los troncos quemados de las guerras truncadas. Esos calores bastan para prender las teas de la generación nueva, inconforme e inquieta.

Así ardía, solapado y latente, el ideal de los gritos mambises en el Bayamo pequeño de 1953.  Fidel lo sabía.

Hacía un año que sus vecinos, al zarpazo de Batista, habían saltado las vallas de la prudencia, volcando a voz en cuello la ira contra el golpe militar; mientras buena parte de la Isla cerraba las ventanas, se rendía al silencio del miedo y tragaba el buche amargo.

Hubo manifestaciones en Bayamo, de obreros, estudiantes, campesinos, en mítines y huelgas. La presión popular alentaba a comerciantes a cerrar los negocios y sumarse a la protesta. Los de entonces recuerdan todavía el carro con altoparlante, ofreciendo el micrófono a la gente que gritaba ¡Abajo Batista! ¡No al golpe militar!.

El gran cuartel, sin embargo, el del efecto político y la ventaja militar radicaba en Santiago. Buen impacto sería el de tomar la fortaleza Guillermo Moncada, segunda de la nación, así como las armas suficientes con que la guerra se haría en las montañas, arrastrando hacia ellas esa parte decidida del pueblo cansado.

Pero Bayamo, igual, sería imprescindible. Su gente aún descubría la cabeza al pasar frente al horcón ruinoso que recordaba la epopeya de un incendio, y Céspedes, y Aguilera, y el Perucho del Himno hablaban para ellos en palabras vivas: del clarín escuchad el sonido; al combate, ¡corred!.

Sería entonces el 26 de Julio en Santiago y en Bayamo

Ñico López fue el jefe de la acción realizada en Bayamo. Foto: Archivo de Granma../Foto: Granma.

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Además del historial insurgente y la bravura congénita, Bayamo suponía una joyita estratégica por su ubicación. Al dominar el valle del Cauto, controlaba los accesos rápidos a Santiago por carretera y ferrocarril desde Holguín, Las Tunas y Manzanillo; fáciles de bloquear si se volaban los dos puentes principales, de Cauto Cristo y Bayamo. La ciudad era nudo, además, de las líneas telegráficas y telefónicas. Como en la Guerra Grande, después que Céspedes tomara la ciudad, ahora el Cauto sin accesos sería la más preciada contención natural a los refuerzos que volcaría la tiranía contra ambas urbes levantiscas.

En el propósito de explotar los puentes, el joven abogado contactó, por medio del médico Pedro Celestino Aguilera, con los obreros de las minas de manganeso de Charco Redondo, en Jiguaní; quienes fijaron su alineación absoluta con la acción.

Fidel no tenía dudas de que a la noticia del campanazo militar contra los dos cuarteles, el pueblo de ambas ciudades secundaría el zafarrancho; pero en el cuidado extremo ante una indiscreción, filtración o delación, reclutó para el asalto al mínimo de orientales.

Tanto es así, que en los hechos de Bayamo no hubo siquiera un residente local. El único bayamés, Reinaldo Benítez Nápoles, fue designado a la toma del Moncada, al lado de Fidel.

A Elio Rosete, matancero radicado en la Ciudad Monumento y conocido de Renato Guitart desde la etapa de estudiantes en Cárdenas, se le encargó, por su cercanía a la guarnición del Carlos Manuel de Céspedes, entrar expedito al cuartel y desde adentro, junto al jefe del comando Raúl Martínez Arará, neutralizar la posta, dar paso a los restantes combatientes, y reducir con la sorpresa a toda la soldadesca.

Era el plan inicial, pero Elio Rosete no apareció a la hora señalada.

Del hospedaje se había encargado Guitart, cubierto con la cuartada de fomentar un negocio de pollos en la región. Examinaron un par de alternativas, pero al final contrataron el Gran Casino, a tres cuadras del enclave castrense, sede del Escuadrón 13 de la Guardia Rural.

Allí llegaron por varias vías los 25 asaltantes el propio día 25. En el tren arribaron las armas (fusiles calibre 22, escopetas calibre 12 y 16, y algunas pistolas y revólveres), camufladas temerariamente en las maletas de Ramiro Sánchez y Rolando San Román.

En la noche, un Buick parqueó a 60 metros del hospedaje. La silueta de un hombre alto en lo oscuro, bajó y cruzó la calle hasta la puerta.

Ya dentro, y alumbradas las caras a media luz, Fidel repasó cada detalle y puso los relojes en sincronía. A las cinco y 15 del siguiente amanecer, la Generación del Centenario de Martí, al unísono en Santiago y Bayamo, firmaría con sangre y fuego la fe de su existencia.

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Por la ausencia de Elio Rosete, en el minuto decisivo tuvo que variar el plan de asalto, y Raúl Martínez decidió atacar por el fondo del cuartel.

La alternativa puso en evidencia la falta de información sobre la soldadesca emplazada en ese turno; pues de haberse consumado la labor de inteligencia previa, encargada a Rosete, habrían sabido que a esa hora permanecían solo ocho guardias y tocaba la posta al cabo Indalecio Estrada.

El avance por los límites traseros del cuartel tropieza la mala suerte de chocar en lo oscuro con un montón de latas vacías, suficientes para alterar los caballos. Sobreaviso, Estrada preguntó ¡¿Quién anda por ahí?! Y un tiro de Martínez fue la respuesta.

La secuencia de disparos desatada contra la fortaleza, más la defensa del cabo con una subametralladora Thompson, despertó sobre sus Springfields al resto de la guarnición, que impuso rápido las ventajas del poder de fuego. Aún cuando los asaltantes cruzaron la cerca y avanzaron hasta unos bolos de madera, el amanecer cercano y la inminente llegada de otros guardias forzó la retirada y dispersión de los valientes.

En la escapada no faltó la ocasión para la hazaña. El grupo del legendario Antonio Ñico López se batió a tiros contra un jeep de policía. En el encontronazo del parque San Juan, cerca del cuartel, un disparo del fusil de Ñico fulminó al segundo jefe del cuerpo represivo en Bayamo, sargento primero Gerónimo Suárez, y cuentan que sobre la metralla se escucharon dos gritos resueltos: ¡Viva la Revolución! ¡Viva Fidel Castro!

Sin la ocasión de demostrar hasta qué punto habrían secundado el convite a las armas, buena parte de las familias bayamesas ofreció entonces el amparo solidario. La comprensión inmediata del móvil de los hechos, la empatía latente con la causa, y la estirpe heroica de su gente, salvó de la muerte horrenda a 15 de 25 combatientes.

Ninguno murió en la acción. Los diez infortunados resultaron «cazados» vivos, torturados y asesinados luego por las hordas batistianas, sus cadáveres expuestos en un fracasado modo de escarmiento, y después, declarados ante la prensa como «caídos en combate».

A los tres años siguientes, justo en diciembre, varios de los atacantes de Bayamo y el Moncada regresaron por su causa en el asalto del Granma; otro asalto en el Oriente, definitivo y total, que en la victoria de enero comenzó a lavar la sangre de sus muertos, y a poner en ellos esa vida larga que solo la gratitud y la honra de la Patria libre concede a sus mártires y héroes.

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