Vilo Acuña: El guajiro Comandante

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El 27 de noviembre de 1966 llegó a la selva boliviana a incorporarse a la guerrilla comandada por el Che Guevara, Vitalio Acuña Núñez. Se convertiría desde entonces en el segundo jefe del pequeño ejército que pretendía liberar a Bolivia.

Un cargo de tal magnitud no se ganaba gratis, mucho menos si el líder era Ernesto Guevara. Acuña, de cuna campesina, había sido uno de los primeros integrantes del Ejército Rebelde, en el que fue escalando a fuerza del ejemplo.

Desde su arribo a territorio boliviano, el Vilo de Cuba, comenzó a llamarse Joaquín. Previamente tuvo que realizar un desgastador entrenamiento en su patria para rebajar de 240 libras a 180.

Fue el más veterano del grupo –a dos meses de cumplir los 42- y uno de los de más batallas. También fue uno de los que vivió peores odiseas pues tuvo que andar descalzo durante buena parte del tiempo y comandando el grupo de los enfermos.

EL DECIMISTA.

Vilo -su mote desde pequeño- había nacido el 27 de enero de 1925 en la finca La Conchita, en la zona de Purial de Vicana (territorio actual de Media Luna), en plena Sierra Maestra; y jamás dejó de amar el sombrero de yarey o el olor mágico del monte. Cayó el 31 de agosto de 1967 en la emboscada de Puerto Mauricio.

Nacido en bohío de guano y sin piso, apenas pudo estudiar hasta el quinto grado. Como muchos niños de aquella época, se convirtió en un experto recolector de café y en otras tareas del campo.

Su madrastra, Librada Cardero Díaz, 42 años después de la tragedia del río Grande, lo retrata de esta manera: «Miento si digo que alguna vez lo vi molesto, él era de esa gente que siempre estaba jaraneando y haciendo cuentos.
«A todo le sacaba décimas, con las que la gente se moría de la risa. Era un guajiro trabajador, sano, sin maldad. Eso sí: era de espíritu rebelde y no le gustaban los abusos».

Precisamente ese temperamento indomable fue el que lo llevó, el 24 de abril de 1957, a partir de su casa rumbo a la zona de operaciones del Ejército Rebelde, a cual llegó definitivamente en mayo de ese año.

A partir de ese momento se convirtió en un gran combatiente. Participó en incontables acciones (Uvero, Limones, El Hombrito, Pino del Agua, San Miguel, Palma Soriano, San Luis…). En noviembre de 1958 recibió, de manos de Fidel Castro, la estrella de comandante, un premio a sus méritos como luchador.

Fue él quien auxilió directamente a Camilo Cienfuegos cuando este es herido en Pino del Agua, al que transportó por kilómetros en una hamaca. Antes, en Uvero, también había ayudado a otro grande del Ejército Rebelde: Juan Almeida Bosque.

Su existencia estuvo llena de signos ligados al octavo mes del año. El 30 de agosto de 1957 intervino junto al Guerrillero Heroico, con los grados de teniente, en una de sus primeras actividades guerreras: El Hombrito, y el Che lo menciona en sus Pasajes de la guerra revolucionaria. Justamente diez años y un día después sobreviene su última batalla por América, en un río en las proximidades de Puerto Mauricio, en Bolivia.

Ernesto Guevara, que no sabía del grupo de Joaquín desde abril, al oír la noticia del aniquilamiento de 10 hombres cerca de Vado del Yeso, la considero falsa o “cuando menos exagerada”, según un comentario de su Diario.

DESPUÉS DEL TRIUNFO

Vitalio Acuña, entre otros cargos después del triunfo de 1959, ocupó responsabilidades en la jefatura de tanques de Managua, en la Unidad 1700, en las obras de Cayo Largo del Sur y en el primer Comité Central del Partido, en 1965. Para esa fecha ya había cursado la Escuela Superior de Guerra.

De todos modos, en cada oportunidad en que pudo ir a su pedacito de tierra, en Media Luna, no dejó de mostrar su acostumbrado aire bromista.
“Uno de las veces que vino llegó en un helicóptero y como en Purial nunca se había visto un bicho de esos aquello fue un acontecimiento”, narra su madrastra, hoy residente en Bayamo.

“La finca se llenó de gente, los hombres tiraron los sombreros y las camisas al aire para saludarlo. Pero Vilo se desmontó desmayado de la risa y les dijo: “Mira qué bonito vuelan esas camisas, ¡vayan a buscarlas antes que se les pierdan!”

“Él jamás se dio pompa; cuando llegaba, enseguida se quitaba el traje, se ponía el sombrero de yarey y se iba a retozar con sus 11 hermanos menores.

“Una vez nos dijo a su padre y a mí que no sabía cuándo regresaría, que iba a un largo viaje, que no nos preocupáramos porque algún día vendría de nuevo».

JOAQUÍN

Por eso, el Guerrillero Heroico, siempre tan juicioso para los nombramientos, lo designa Segundo Jefe del Ejército de Liberación de Bolivia y encargado de la retaguardia.

Indescriptibles los esfuerzos que hizo Joaquín en aquel hostil paraje. En cierta ocasión se lamentó de ser una «carga» para sus compañeros porque desde los inicios tenía los pies hinchados; hubo veces en que no le cabían en los pantalones.

Para colmo, en los últimos meses el par de zapatos 44 que tenía se le rompió y, como no había número para él, se sometió a andar descalzo.

Sumemos el episodio de la separación del Che y el grueso de la tropa: el 17 de abril de 1967, Ernesto Guevara, con la vanguardia y el centro, parte por tres días. Le asigna a Joaquín cuidar a los enfermos y custodiar a los cuatro integrantes de la llamada «resaca» (los desertores).

«Le ordene hacer una exploración por la zona para impedir un movimiento excesivo y esperarnos durante tres días, al cabo de los cuales debe permanecer por la zona pero sin combatir frontalmente y esperarnos hasta el regreso», escribe el Che en su Diario de Campaña.

Sin embargo, la separación temporal fue para siempre. El Che no pudo conocer los detalles de la traición del campesino Honorato Rojas, quien condujo al destacamento de la retaguardia a la emboscada preparada por el ejército boliviano en el vado del Puerto Mauricio.

Junto a Acuña cayeron aquella aciaga tarde del 31 de agosto la argentino-alemana Tamara Bunke, Tania la Guerrillera, única mujer del contingente; los cubanos Alejandro (comandante Gustavo Machín) y Braulio (primer teniente Israel Reyes); los bolivianos Polo (Apolinar Aquino), Moisés (Moisés Guevara), y Walter (Walter Arencibia).

Mientras otro boliviano, Ernesto (Freddy Maymura), fue capturado con vida y ultimado después cerca del río. El único sobreviviente guerrillero en la emboscada, el médico peruano Negro (Restituto José Cabrera) se dejó llevar por la corriente; pero resultó apresado fechas después y asesinado vilmente.

Esta pérdida fue la única que creyó el Che, el 4 de septiembre, al oír las generales de Negro por una emisora. «La radio trae la noticia de un muerto en Vado del Yeso, cerca de donde fuera aniquilado el grupo de 10 hombres, en un nuevo choque, lo que hace aparecer lo de Joaquín como un paquete (…) Parece que éste sí es un muerto real, los otros pueden ser ficticios… », anota el Guerrillero Heroico.

EPÍLOGO

La mala nueva de la caída de Vilo y los suyos estremeció la Sierra Maestra… y a Cuba. Muchos aún hoy, 42 años después, sienten la partida de aquel guajiro ocurrente, que le rimaba al campo o a las estrellas.

Los reconforta, en cambio, el hecho de que el río boliviano ya no suena como antes. Por él surca a cada instante, en la voz millones, antes desposeídos, el espectro de Joaquín y sus subordinados.

Osviel Castro

Licenciado en Periodismo, Universidad de Oriente, Santiago de Cuba (1995). Corresponsal del periódico Juventud Rebelde en Granma. Colaborador en temas de deportivos de la CNC TV Granma.

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