Fe y fa; una historia sobre la alfabetización en Cuba

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Mi querido padre fue analfabeto por decisión. Cuenta que al regresar a casa el primer y único día que fue a la humilde escuela pública del barrio rural donde vivía, le dijo a su papá que si lo obligaba a volver, se quitaba la vida.

Mientras sus hermanas María, Esmeralda (más conocida por Malalo) y Matilde, y sus hermanos Joel y Jorge sí cursaban algunos grados de la Educación Primaria, él trabajaba en el campo para ayudar al sustento de la familia.

A los 25 de años de edad se casó –de boda y con traje- con mi mamá, hija de comerciante, a quien le encantaba leer, por lo que papá le compraba con frecuencia revistas dedicadas a las mujeres y libros pequeños y baratos.

Las novelas, cuentos, noticias y otros textos de aquellas publicaciones, mamá los leía en voz alta, a la luz de un quinqué, en las primeras horas de quietas noches campestres, mientras papá, mi hermana y yo, escuchábamos acostados las andanzas amorosas de Tab North y otros personajes de Corín Tellado, o súper agentes del FBI y pistoleros invencibles.

No sé quién o quiénes convencieron a mi viejo (ahora tiene 95 años) de aceptar enrolarse en aquella monumental experiencia que fue la Campaña de Alfabetización, en 1961, y recibir en nuestro hogar a una alfabetizadora, jovencita de ciudad nombrada Leidy Vicente, de rosado y redondo rostro, quien muy pronto se convirtió en la niña linda de la casa.

Las clases eran después de reposar la comida, en el comedor, iluminado con la brillante y blanca luz de una lámpara china que funcionaba con kerosina, y como muchos niños ahora, papá tenía una maestra para él nada más y aprendía rápido.

Pero una noche se “encasquillo”. Leidy le exponía, para que leyera, el nombre Fefa. Al indicarle las sílabas, el repetía, una y otra vez, Fe y fa. Y ella: -¿Qué dice? Y él: –Fe y fa.

La alfabetizadora estaba a punto de perder la paciencia cuando el alfabetizado, con ingenuidad y entusiasmo infantil soltó: ¡Fefa! Los presentes liberamos todo el aire retenido y si mal no recuerdo aplaudimos.

Este relato tiene el modesto propósito de rendir homenaje a sus protagonistas y a todos los que, como ellos, hace 58 años, apretaron con una mano la cartilla contra el pecho y portaron una lámpara en la otra, y a los que vencieron aprensiones y la torpeza de las manos para manipular el lápiz y aprender a escribir sus nombres y cartas de amor y agradecimiento.

Orlando Fombellida Claro

Orlando Fombellida Claro. Licenciado en periodismo en Centro Universitario de Holguín. Trabajó en el Semanario Antorcha, de Banes, y el periódico Ahora, de Holguín, se desempeñó como corresponsal del periódico Granma, en la provincia de igual nombre. Es redactor-reportero del periódico La Demajagua. Colabora habitualmente con CNC Digital y Cubaperiodista

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