Ignacio Agramonte en el fulgor de diciembre

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En la víspera del día de Nochebuena de 1841 nació en la ciudad de Puerto Príncipe del Camagüey y en el seno de una familia de abolengo, Ignacio Agramonte y Loynaz, el inmortal Mayor de la historia de Cuba, condición de honor y militar ganada en plena juventud y con heroísmo en la primera campaña por la independencia.

La cuna y la amorosa predisposición de su familia culta, virtuosa y librepensadora, le aseguraban una vida regalada y sin preocupaciones, si lo hubiera querido. Pero el niño que iluminaba con su llegada las celebraciones del hogar, había nacido con una estrella en la frente, como dijera Martí, y el astro le indicó el camino de la lucha y el sacrificio por la Patria, el sendero tremendo de la Revolución.

Ya en marcha la Guerra de los 10 años, iniciada por Carlos Manuel de Céspedes en Demajagua el 10 de octubre de 1868, y titulado abogado en la Universidad de La Habana, con notas brillantes, el joven Ignacio era incansable en la participación de actividades conspirativas secretas de la Junta Revolucionaria, que apoyaba la causa libertaria en su ciudad natal.

Sin embargo,  llegó el momento en que su vida corría extremo peligro y al mismo tiempo crecía su ardor a favor de la contienda armada que venía desde el Oriente. Se incorporó sin titubeos y con la pasión desbordada que siempre tuvo, dicen,  a la Revolución el 11 de noviembre de 1869, a la edad de 27 años.

Rápidamente por su arrojo se convirtió en primer soldado y más, fue forjador de la legendaria caballería de combate del Camagüey, efectiva como una máquina e incluso demoledora en sus acciones relámpago contra el enemigo.

También se le llama El Bayardo por sus contemporáneos, debido a la gallardía de su talante, ademanes gentiles y firmes, la esbeltez de su cuerpo con músculos modelados por la esgrima, por su cultura e inteligencia, ya que había obtenido los títulos de  Licenciado en Derecho Civil y Canónico en 1865 y  de Doctor en ambas materias en 1867.

Se conoce que en su primera juventud, además de aficionarse a la esgrima,  adquirió gran destreza en el manejo del rifle.  Sin embargo, nunca recibió instrucción militar.

La histórica  Caballería Camagüeyana pronto puso en jaque a los españoles en la región central del país, debido entonces a su genio, conocimientos generales, su recia disciplina y organización. Ya en 1871 estaba al mando de las tropas mambisas hasta la jurisdicción de Las Villas.

Cuando se habla de Ignacio Agramonte no se puede dejar de recordar al amor de su vida, convertida en su esposa: Amalia Simoni, cuya convivencia en común, real y también legendaria, tuviera una hermosa etapa de prueba en campamentos de la manigua redentora.

Amalia,  también su coterránea, era muy bella, de cuna tan ilustre y virtuosa como la de él, y hay pruebas fidedignas de que tenía méritos revolucionarios y patrióticos indiscutibles. Su luz propia es inobjetable.
Logró sobrevivirlo con gran dignidad y sin quebrantar su patriotismo, cuando él cayera en combate en Jimaguayú el 11 de mayo de 1871.

Conocidas son las desavenencias de estrategia y método surgidas en la marcha de la Revolución con Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria e Iniciador de la primera guerra libertaria. Aunque los historiadores consideran que Céspedes fue el que más cedió, a la hora de establecer las bases de la república en Armas, también Agramonte supo solventar con grandeza de alma y honradez tales desencuentros.

No se puede dejar de hablar del otro, cuando se aborde la ejemplaridad y la grandeza de alguno de estos próceres connotados.

La muerte de  Agramonte a los 31 años, cuando la vida se ensancha para los seres humanos, significó un rudo golpe para la campaña y los numerosos cubanos que lo amaban, entre ellos sus subordinados en el combate.

Una bala certera, afirman, le penetró en la sien derecha y le causó la muerte inmediata. El enemigo se apoderó de su cadáver, que fue injuriado corporalmente. Terminaron por reducirlo a cenizas para dispersarlas y  hacer desaparecer sus restos, en un intento vano de borrar su ejemplo y quizás más ilusoriamente todavía, de acabar con la moral de combate y la campaña libertaria.

El natalicio de Agramonte, su ejemplo y toda su vida resultan imperecederos en la memoria de la nación. Hoy es una figura inspiradora que revive en las esencias de los jóvenes cubanos actuales, aunque no se les parezcan en la estampa y  caminen algunas veces despreocupadamente por las calles y caminos. Es seguro.

Agencia Cubana de Noticias

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