Céspedes, poesía de libertad

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Más allá de líder iniciador de las guerras por la independencia de Cuba u Hombre de Mármol, como lo llamó José Martí, el Padre de la Patria Carlos Manuel de Céspedes sigue siendo una figura desconocida en muchas de las aristas de su fecunda vida, apenas cercana a los 55 años.

Suscrita por fervientes biógrafos y admiradores, la afirmación atañe a las urgencias de nuestros días, y tras celebrarse en 2019 el bicentenario de su natalicio confirma lo imprescindible que resulta conocer mejor al prócer, como exhortó desde la ciudad de Bayamo el profesor e investigador Rafael Acosta de Arriba.

Para las esencias de la Isla, decidida a defender a toda costa su identidad como nación, y en una carrera con incontables obstáculos que demandan entereza y convicción, desde la propia arrancada Céspedes sintetiza inteligencia y arrojo, pensamiento y acción, riqueza y desprendimiento, poesía y libertad.

Según palabras del doctor Eusebio Leal se trata de “un hombre que creyó en la educación y la necesidad de la cultura, porque las revoluciones, como afirmó quien fuera su ferviente seguidor, Fidel Castro, solo pueden ser hijas de las ideas y la cultura”.

En el aniversario 146 de la muerte en combate del ilustre bayamés, el 27 de febrero de 1874, no es ocioso entonces ahondar en sus versos, donde también nos legó claves de cubanía e identidad, admiración y amor por lo autóctono de esta tierra, sus costumbres y naturaleza, sus mujeres y sus campos.

A grandes rasgos, junto a la fundación de la Sociedad Filarmónica de Bayamo, o las dotes como mecenas e incluso actor de teatro, quizá lo más conocido de su vena lírica sea la condición de coautor de la canción La Bayamesa, considerada primera pieza trovadoresca y romántica de Cuba.

Para Miguel Antonio Muñoz, especialista de la Oficina del Historiador de la Ciudad Monumento Nacional, Carlos Manuel, nacido en Bayamo el 18 de abril de 1819, fue una persona que desde el conocimiento y la sensibilidad abordó todos los problemas y las circunstancias de su vida y medio social.

Su trayectoria vital está íntimamente vinculada a la cultura artística y literaria en las urbes de Bayamo y Manzanillo, y a muy tierna edad realizó una verdadera hazaña intelectual cuando tradujo, del latín al español, la obra clásica La Eneida, del poeta romano Virgilio.

Con valores y alto vuelo lírico y estético, las composiciones cespedianas se concentran fundamentalmente en el periodo anterior al inicio de la guerra, el 10 de octubre de 1868, y entre ellas el estudioso señala “Contestación”, de 255 versos y fuerte contenido autobiográfico, donde el Padre de la Patria hace una especie de recorrido por su existencia.

Besado por el aliento del romanticismo, sin llegar a ser uno de sus cultores, cantó a la naturaleza en textos como “Al Cauto” y “Al pie del Turquino”, este último con ciertos elementos premonitorios en relación al fin de su vida en la prefectura de San Lorenzo, en plena Sierra Maestra, próximo a los firmes del majestuoso pico.

“!(…) entonces en pensamientos encontrados
me confundo a la vez, terrible monte,
y sólo ven mis ojos apagados
tu sombra oscurecer el horizonte,
tu, gigante, que alzas la cabeza,
y es pequeña a tus pies toda grandeza (…)”

Estoy convencido de que si no hubiera llegado a convertirse en la prominente figura política y revolucionaria que es para la historia de Cuba, el hombre de La Demajagua habría ganado un lugar en los anales de la literatura nacional, afirmó Miguel Antonio.

Otro soneto de particular interés –dijo- resulta “Los traidores”, cuyo original aparece firmado en Bayamo, en 1868, y donde afloran sentimientos patrióticos y el ideal de lo cubano, también reiterados en la obra de Céspedes.

De manera firme y directa, impregnada de una emoción que puede sentirse mientras se lee, en esos versos el patricio critica las actitudes no acordes con aquel momento histórico, de enfrentamiento a muerte contra el enemigo español en pos de la independencia, subrayó:
(…) Esos que veis a la cadena uncidos,
lamiendo, ¡infames!, afrentoso yugo,
son traidores, sin patria, envilecidos,
que halagan por temor a su verdugo (…)
En su ensayo “Céspedes, hombre de letras”, el propio doctor Acosta de Arriba refiere la poesía del bayamés como rasgos de una personalidad compleja y rica, más allá de su innegable condición de héroe.

La invitación es entonces a leer y conocer más a un cubano esencial y eminentemente culto, pero no en el sentido egoísta de un saber solo para sí, porque incluso antes de soñar y lanzarse a fundar un país, se erigió como promotor de la cultura, la misma que desde hace mucho tiempo nos enseñaron que hay que salvar, como condición primera e indispensable para seguir siendo libres.

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