Jueves, 24 de Julio del 2014
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Ejemplo de mujer

Cada vez que traspaso la mágica cortina del tiempo entiendo mejor las cosas del presente. Si viajo al pasado, 140 años atrás, entiendo por qué hoy, pese a las asperezas, las mujeres cubanas no se rinden.

Ellas, a las que deberíamos reverenciar no solo en marzo, heredaron de antaño el patriotismo, la constancia... la virtud.

Se inspiraron en ejemplos como los de Adriana del Castillo, la bella joven bayamesa que en los días previos a la guerra, como si fuera un juego, servía de correo entre los conspiradores.
Su tío político, Perucho Figueredo, a cada instante la alertaba:

“Adriana, ten cuidado; cualquier día nos vas a dar un disgusto”. A estas preocupaciones ella respondía con una inmensa carcajada. Por su parte Francisco Vicente Aguilera le comentaba a Luz Vázquez, madre de Adriana:

“Tú hija es una joya. ¡Ah, si todos los que andamos en estas cosas tuviéramos su disposición!”.

En las fechas de la liberación de Bayamo esta mujer fue enfermera, mensajera...Propagandista. Y un día hasta salió a la calle para sacar de la casa a los individuos que permanecían neutrales para obligarlos a empuñar las armas.

Reconquistada la ciudad por las huestes hispanas después del épico incendio de Bayamo, Adriana, su hermana Lucila y su madre Luz Vázquez, se internaron en las serranías de Guisa. Allí estuvieron aproximadamente un año alimentándose sólo de frutas silvestres hasta el 22 de enero de 1870, fecha en que fueron apresadas y trasladas a Bayamo.  

En la Ciudad Monumento consiguieron la libertad porque tanto Lucila como Adriana estaban gravemente enfermas. Entonces ellas y Luz Vázquez no tuvieron otra alternativa que refugiarse en la cochera de la antigua casona, que era la única pieza en pie tras la quema de la urbe.

Adriana empeoraba su salud por día a causa de tifus y el jefe de la plaza militar aceptó que un médico español la viera. Cuando el galeno, vestido de uniforme, llegó a la casa, Luz Vázquez despertó a su hija:

“¡Vamos, mi muchachita, es el médico, verás qué bien se porta!”. Pero la joven se aferró al cuello de la madre diciéndole: “Yo no quiero que me cure mamá... déjame morir”.

Entonces el médico trato de acercarse, a lo que respondió ella con energía: “¡Usted no puede asistirme, yo soy revolucionaria!”.

Vino un desmayo que parecía definitivo. El doctor, conmovido por el hecho, continuó yendo a la casa, pero el tifus ya era demasiado grave.

Cuentan los historiadores que una tarde la enferma hacía esfuerzos para abandonar el lecho y Luz Vázquez salió corriendo a buscar al médico. Al entrar éste, Adriana se puso de pie con una fuerza sacada de no se sabe dónde y comenzó a entonar el Himno de Bayamo, el mismo que había compuesto Perucho Figueredo. 

La madre corrió hacia ella tratando de zafarle los hierros de la cama; pero todo esfuerzo fue inútil; la muchacha siguió en pie hasta caer desplomada para siempre casi con la última estrofa.

Era el 30 de enero de 1870. ¡No había cumplido los 18 años! Terminaba su vida hecha símbolo y poema para que cada vez que alguien traspasara la cortina del tiempo entendiera por qué hoy la mujer cubana es tan intrépida, tan patriota, ¡tan virtuosa!

 

 


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